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"El Guerrero Uteh en el Reino de Ramses II" Novela Historica incompleta y su Epilogo

   

           




 El Guerrero Uteh

en el Reino de

Ramses II





Hector Fernandez





 NOTA:  ESTIMADO LECTOR SI DESEA COMPRAR ESTE LIBRO PUEDE OBTENERLO EN PAPEL ORIGINAL EN LA EDITORIAL XLIBRIS (29.00) O EN COPIA ELECTRONICA LA CUAL LE SALDRIA MUCHO MAS ECONOMICA (10.00 ) PUES ESTE LIBRO SOLO TIENE UNAS ESCASAS 200 PAGINAS POR FAVOR SI DESEA EL MISMO PUEDE ESCRIBIR A EMAIL AUTOR  DIRECTAMENTE A MI EMAIL PERSONAL TAMBIEN SI ME QUIERE DAR SU OPINION ESCRIBAME A  email hector173010@yahoo.com y le sera entregado mi cuenta que abrire solo para este deposito, gracias POR LA AYUDA.

   





Copyright © 2012 by Hector Fernandez.
ISBN:  Softcover  978-1-4771-5230-0
Ebook   978-1-4771-5231-7
All rights reserved. No part of this book may be reproduced or transmitted in any
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This book was printed in the United States of America.
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CONTENTS
Nota Preliminar:
......................................................................................7
Estimado Lector: .....................................................................................9
Tema central de la Obra ........................................................................11
I.  ............................................................13
La Ciudad de Jetuaret
II.  ............................................................17
Un suceso inesperado
III.
El Arquero
.............................................................................23
IV.  ...........................................................................27
La Fortaleza
V.  ..................................................31
La llegada del Toro de Suteh
VI.  ...........................................................34
La Partida del Ejército
VII.  .............................................................37
Se paralizan las obras
VIII.  .................................................39
Las advertencias de Ahmosés
IX.  ..........................................................41
Las Nostalgias de Tahir
X.  ..........................................................................43
Un Emisario
XI.  ......................................................................47
Avisos Nefastos
XII.  ............................................................................50
El Desierto
XIII.  ...........................................................................53
El Atentado
XIV.  ...........................................................................56
El Escogido
XV.
La Entrada A Cannan
............................................................58
XVI.  ..........................................................62
Los Muros de Celesiria
XVII.  .............................................................66
La fuga del reyezuelo
XVIII.  ..........................................................69
Dos desertores Kecsitas
XIX.
El Valle de Orontes
................................................................71
XX.  ...............................................................73
Inesperados Aliados
XXI.  .............................................................75
La Ciudad de Hamat
XXII.  .............................................................................77
El encierro
XXIII. .................................................................79
El Retorno a Tebas
XXIV.  .......................................................................81
Ante los dioses
XXV.  ........................................................................83
Malas Nuevas
XXVI.  .....................................................85
En la prisión de los hititas
XXVII.
Una mala jugada del destino
..................................................87







XXVIII. ......................................................................89
En el Laberinto
XXIX.  ........................................91
El Banquete de los Recién llegados
XXX.
La Tregua de Paz
....................................................................94
XXXI.
A la luz del día
.......................................................................96
XXXII.  ..................................................................98
El príncipe Cheta
XXXIII.  ..............................................100
Un pueblo cercano a Hattusa
XXXIV.  ...................................................................102
La estela o carta
XXXV.  ................................................104
AhmOsés mata a un egipcio
XXXVI.  ....................................................................106
Costas Fenicias
XXXVII.  ...........................................................108
Las aguas de Kemeth
XXXVIII.  .....................................................110
El templo de las Esfinges
XXXIX.  ...............................................................112
Las Arenas Negras
Datos Bibliográficos ............................................................................115
E p i l o g o .........................................................................................117







TEMA CENTRAL DE LA OBRA
A finales del Reinado de Seti I las viejas contiendas contra el Libano y
Asiria habian quedado abandonadas en polvorientos rollos. La casa Real
en su maximo explendor escogia a uno de sus favoritos el cuarto hijo de
Seti, quien subiria al trono con esperanzas de poner el nombre de su padre
en alto glorificando asi su nombre y el de Egipto, Las castas militares que
otrora dedicabanse a faenas sedentarias preparaban a sus hijos para tiempos
malos. He ahi que el nuevo Faraon hace un llamado a su pueblo y a las
huestes aliadas del Mediterraneo, entre los veteranos corre la voz y Uteh un
joven é inexperto guerrero decide acudir al llamado.
DERECHOS RESERVADOS POR LA LIBRERIA DEL CONGRESO
EN WASHINGTON DC RGT. No TXU-698-753
11


I
LA CIUDAD DE JETUARET
El Dios sol surgió entre las virgenes aguas del Nilo é ilumino los húmedos
juncos, entonces se escuchó un chasquido en la margen opuesta del río
sagrado; era un enorme saurio, que perezoso, se sumergía dejando tras
de sí una estela de burbujas. Mientras pájaros de extraños colores alzaban
el vuelo, emitiendo agudos chillidos, describiendo círculos en el aire, y
desapareciendo después en el horizonte.
A golpe de remos, una embarcación de tosca ensambladura avanzaba
hacia la ciudad de Jetuaret también conocida con el nombre de la Acrópolis
de Tebas. En el timón un hombre de aproximadamente veintitrés años,
de aspecto formidable y poderoso, anchos hombros, músculos que se
dibujaban en su tez trigueña . . . En su mirada había el regocijo de quién se
aproxima a un lugar mucho tiempo deseado. Por eso cuando la visión de la
ciudad se hizo más nítida, sus ojos brillaron de alegría. Estaba llegando a la
espléndida Dióspolis, ciudad sagrada de los dioses egipcios y desde donde
partían miles de aguerridos aurígas en busca de conquistas, más allá del
Valle del Nilo.
Uteh, pues este era su nombre, arqueó la cabeza y empuñó con mayor
vigor los remos. El recuerdo de la guerra atenazó a su joven corazón con
la visión de las arenas teñidas de rojo y la contemplación de los cadáveres.
Su padre había muerto en combate, luchando contra las tribus tehenas y
él hubiera querido estar allí para acariciar su rostro ya sin vida y correr su
misma suer te.
La pequeña barca hendió un espeso ramal de hojas de papiro, y Uteh
saltó a la orilla no sin antes coger la cesta donde llevaba las provisiones del
viaje: pescado ahumado, vino, y pan. Tomó también la espada, el arco, y el
13


carcaj lleno de flechas de puntas afiladas. Arrimó la embarcación y echó a
andar por el camino arenoso bordeado de palmeras y de bellos cocoteros.
Las puertas de la ciudad estaban frente a él. Dos jóvenes egipcias se
dirigían en esos momentos hacia el río, vestidas con unas túnicas que casi
rozaban el suelo, las finas curvas del cuerpo de las muchachas resaltaban al
ritmo de sus pasos.
Uteh siempre había admirado a las hijas del Nilo, especialmente le
llamaba la atención en ellas su carácter tímido que contrastaba con la
vitalidad y energía que sin embargo poseían. Desde muy temprano las
mujeres de esa tierra recibían todo el peso de una tradición milenaria, que
las conducía a respetar y a obedecer al hombre con que se desposaran. Las
jóvenes traían unos bulto de ropas dentro de una cesta de mimbre encima
de sus cabezas, y a pesar del ondulante contoneo de sus caderas, estos se
sostenían firmes sin riesgo de caerse. Iban al río a lavar, repitiendo así la
costumbre ancestral de sus madres y abuelas.
La ciudad lo recibió con su alboroto acostumbrado. Los chicos corrían
descalzos vociferando a voz en cuello. Y uno de ellos le gritaba en son
de mofa a un gentil adolescente que por sus atavíos y maneras elegantes,
denotaba per tenecer a la casta noble, asi el niño harapiento ensayaba su
peculiar ajuste de cuentas.
Las casas egipcias, que eran en su mayoría de baja altura, construidas
con ladrillos de barro, y no tenían ventanas ni aberturas para la ventilación.
Tan sólo poseían una entrada, cubierta por una tenue tela para protegerla de
la mirada de curiosos. Uteh vio un hombre delgado y vestido con desaliño
que hablaba en voz alta y se quejaba de su miseria. Se trataba, comprendió
el joven, de un paria que en opinión de los egipcios estaba poseído por los
espíritus malignos, por lo que lo repudiaban.
Al llegar al umbral de un antiguo taller de alfarería, Uteh se sentó a
comer el pan y a tomar el vino que llevaba en la cesta. El viejo alfarero, de
facciones duras y mirar inquieto, lo saludó mientras se quitaba con el dorso
de la mano el sudor que le corría por la frente. El anciano vestía una tela a
modo de delantal, que le protegía el pecho del sucio barro.
—Que Ra ilumine tu camino.—dijo el alfarero.
—Ra y Amón estén también contigo—respondió Uteh.
Inclinándose sobre el horno el alfarero pareció continuar su labor, pero
curioso, pregunto enseguida:
—¿Andas en busca de trabajo y cobija? ¡Para esas cosas estos son tiempos
difíciles!


16 H
F
Hector  

despertando la admiración de los presentes, y empezó a golpear con
inusitada furia, fuerza y habilidad, el escudo de su súbdito. Este esquivaba
el ataque una y otra vez, hasta que de pronto el obeso espadachín levantó
la espada y con una singular maniobra de la muñeca, le asestó un golpe al
soldado que le hizo tambalear y caer al suelo.
—¡Si hubiera sido en un combate real te habría aplastado!—exclamó
entre jubilosas carcajadas el jefe. Luego, con la misma amplia sonrisa y aire
de satisfacción se dirigió al herrero:
—¡Buen trabajo el tuyo! Me has fabricado una espada excelente.
El herrero con un brillo inteligente en la mirada, le respondió:
—Una gran espada para un gran guerrero.
El gordo entonces le gritó al soldado:
—¡Ardei, págale!
Uteh decidió en ese instante acercarse al jefe chardano, pues su singular
manera de vencer a su contrincante, el inusual golpe que había asestado le
recordó una historia que le contara hacia muchas lunas y soles su padre.
—¡Amón te protega en la batalla! Soy hijo de guerrero y busco al
arquero Sahir, gran señor. ¿Lo conoces?—dijo Uteh esperando la respuesta
deseada.
—¿Quién eres tú?—replicó el jefe mirando a Uteh con detenimiento.
—Soy hijo del valeroso Ursil, que cayó peleando en las alturas del Sinaí.
Mi nombre es Uteh.
—¡Ah, ya comenzaba a decirme yo!. Hay algo en la fuerza de tu mirada
y en la vibración de tu voz, que solamente puede recordarme a un guerrero
de la bravura de tu buen padre.—Admitió con asombro el jefe.—¿Ves esta
cicatriz en mi frente? Me la hizo un beduino con la punta de su lanza, y tu
padre, que peleaba junto a mí, luchó con furia y valor hasta salvarme de la
muerte. El fue un gran amigo mío, por eso lamenté su caída en las alturas
del Sinaí. Pero bien, estás aquí. Supongo que has venido de muy lejos.
Sígueme. Esta noche serás mi huésped preferido.


Uno de ellos era enorme, de brazos fornidos, con la piel rapada de su cuero
71







E P I L O G O
El historiador griego Herodoto escribió “Egipto es un don del Nilo”,
quizás toda la nostalgia que hoy sentimos por los reynos ancestrales, sean
un don de Egipto.
No existe un pueblo que nos evoque tanta nostalgia sobre la Tierra
como Egipto, una nostalgia más vieja que la de Sión, pues los días de Israel
comienzan en Egipto.
Así, en la figura geométrica de la pirámide, en conocimientos matemáticos
que los griegos y la Escuela Pitagórica heredarían, en el teorema que señala
el radio de la circunferencia (Pi), la indescifrable cuadratura del círculo, los
egipcios construirían en esas enormes moles de piedra levantadas e invictas
ante el tiempo, la exacta medida del tiempo del Universo, o por lo menos
de nuestro Sistema Solar. El Gran Eje de la Pirámide medía exactamente la
Posición de Los Equinoccios, la entrada del punto Vernal en el solsticio de
Primavera el 21 de Abril, que cifraba el paso de las constelaciones por las
Doce Casas de los Dioses del Deba.
Indudablemente que Egipto es el monumento del tiempo cósmico, y
que sus gentes tenían la cifra tantas veces perdida del Universo. Eso también
quizás puede explicar nuestra irremediable nostalgia.
La Cifra del Universo, la medida del codo sagrado con que los esclavos
hebreos construirían las pirámides y que el pueblo semita trasladaría siglos
más tarde a la ejecución del Templo de Salomón en Jerusalén y el uso de los
espacios arquitectónicos como réplica del tiempo y el espacio del Universo
mismo. Lugares de máximas sacralizaciones donde el hombre egipcio,
semita, ario, chino, dialogaba con las visibles divinidades a través de rituales
y oraciones litúrgicas.
De esta manera, en esa línea que va de las pirámides al templo de
Salomón, los Caballeros Templarios recogerían el saber perdido de Egipto
y lo trasladarían a las construcciones de la catedrales en Europa en la Alta
117


118 H
F
ECTOR
ERNANDEZ
Edad Media, establecida sobre los arcanos asentamientos de la cultura celta
en esa región. Puede decirse, si mantenemos esta línea discursiva, que el
Misterio del Santo Grial, sobre el cual girara todo el romance y la juglaresca
de la Europa a partir del siglo XI de n. e. comienza en Egipto en los Mitos
de la Resurrección de Osiris.
Los egipcios no tenían la experiencia de la muerte, su arcano saber
desconocía de ese atroz aniquilamiento de la vida, el hombre del Nilo no
moría, simplemente emprendía viaje por el Valle del Deba, en el cual los
familiares y amigos que quedaban detrás estaban obligados a velar por él con
conjuros y ceremoniales mágicos. No había diferencias entre los hombres y
los dioses, el ciclo del hombre era idéntico al ciclo del dios.
Y es en ese exacto retablo mítico e histórico que el nobel escritor e
historiador Héctor Fernádez (Cuba y 1965), coloca los trabajos del joven
Guerrero Uteh, en tiempos de la Casa Ramsés, Casa egipcia de la cual nacería
Ahmosés que algunos polémicos autores viculan o incluso identifican con
el Moises histórico.
La historia de Uteh se encuentra en el marco de la campaña egipcia
lidereada por el Faraón Ramsés II contra los hititas que concluyera en una
tregua de paz, tal como lo recogen los anales históricos, es la historia de un
joven descendiente de una estirpe legendaria (el bravo Ursil) que arde por
entrar en la batalla, para ser fiel a sus orígenes de sangre y al alto ejemplo
paterno. Pero es también la novela un cuento de amor por la dulce Tahir
que aguarda a Uteh como esa tarea milenaria de las mujeres en tiempos de
guerras: esperar el regreso de sus hombres.
Desde los tiempos de Alejandro Dumas la novela de re-creación
histórica a tenido sus fieles y sus detractores. Es decir el hecho de colocar
en un espacio profundamente marcado por las cronologías y los inventarios
enciclopédicos, una trama de ficción que se mueve paralelamente a la de los
personajes históricos, otras que se entrelazan con ellas, incluyendo el papel
del protagonista en el propio acontecimiento de la historia, a molestado
a algunos er uditos apegados al dato, al uso extensivo de los volúmenes
históricos.
Pero afortunadamente ya hoy en día no se puede seguir hablando de un
sentido exacto de objetividad histórica, sólo los comentarios nos quedan,
comentarios, referencias, y comentario de comentarios de comentarios, ya
no existe un eje inmóvil y a-temporal desde el cual juzgar y comprobar
los hechos situados en su secular acontecer, encajonado simétricamente en
el tiempo de la historia. En verdad, la historia es una de las más jóvenes
instituciones de los hombres, aparecida en el siglo XIX y que teniendo


E
G
U
R
R
II
119
L
UERRERO
TEH
EN
EL
EINO
DE
AMSES
como base el enciclopedismo del siglo anterior y los usos taxonómicos con
los cuales se clasificaba e inventariaba el conocimiento, nace a partir de
Ricardo y la Escuela de Economía Inglesa hasta llegar a Marx, la biología
evolutiva tal como la fundara Darwin y Lamark, y la filología con sus
consecuentes estudios comparados del lenguaje, desde sus proto-origenes
en Port Royal.
O sea, las disciplinas históricas surgen como categorías de definición
del tiempo de la cultura con el alborear la Edad Moderna y la disolución
de los siglos clásicos que habían comenzado en el XVII. Es por tanto una
categoría así mismo surgida en un preciso tiempo histórico y también por
tanto sometida al cambio y a la evolución. La idea que hoy podemos tener
de ella con la aparición en el horizonte especular del pensamiento de nuevos
saberes (físicos, matemáticos, biológicos, antropológicos, lingüísticos, y
filosóficos), no puede, desde luego, seguir siendo el mismo. La idea de
certeza histórica y del propio conocimiento con relación a su objeto ya se ha
desvanecido, por lo que las posibilidades de una nueva era de redefinición
histórica, dentro de un nuevo marco institucional son ahora más necesarias
que nunca.
El libro de Fernández juega con el acontecimiento sin trasgredirlo, aunque
pudiera suponerse o brindarse la tesis alternativa de que los acontecimientos
narrados en la novela, pueden dejar de ser considerados simples materias de
ficción para ser, en cambio, incorporados a una ampliación del campo de
sucesos en que se movió el Faraón Ramsés II, y la figura ficticia e imaginaria
de Uteh puede también llegar a tomar visos de una realidad donde el
comentario, la exégesis, se interpolan en un ordenamiento mayor, en el seno
de las realidades culturales y lingüísticas de los pueblos y sus civilizaciones.
El cubano José Lezama Lima intentó la vasta empresa de un Sistema
Poético del Universo, es decir, en el terreno de la historia eso alcanzó la
semblanza de lo que él mismo llamara “Las Eras Imaginarias”, precisamente
les dedicó un capítulo a aparte a los egipcios. Y es dentro del preciso marco
de esa nueva posibilidad del conocimiento donde la fábula, y la imaginación
misma, pueden devenir en instr umentos (Métodos) de acercamiento, y de
análisis histórico.
Acercamientos que propondrían en primer lugar el olvido de las
referencias o citas fijas de la historia, las cuales se intercambiarían por la
posibilidad mutante de lo imaginario y de lo ficticio, de lo hasta ahora
considerado definitivamente ilusorio. Aparecería desde allí el concepto
difuminador de la historia como juego, como arte y hermenéutica
puramente fabulativa, que nos haría reiniciar un viaje distinto y más pleno


120 H
F
ECTOR
ERNANDEZ
de redescubrimiento de la problemática (hasta ahora insoluble), de la
Tradición y del Origen.
De esta manera, en verdad el Guerrero Uteh existió y fue el Jefe de la
Guardia Imperial de Ramsés II. y fue amado por Tahir que lo aguardaba
en Tebas, y difíciles fueron sus trabajos, desde el asalto a la fortaleza de
Celesiria, al rigor del Laberinto donde perdieran la vida el viejo arquero
Sahir y el experimentado soldado y jefe militar Eluc.
El futuro funda el pasado, el pasado redefine el presente, y nuestra
posibilidad futura (nuestra única latente o real futuridad), es esa. Todo se
reconstruye, la fábula, la literatura, son el Organom desde el cual podemos
participar de la cultura y hacer verificable y alcanzable la contemporaneidad
con todos lo hombres.
El Antiguo Egipto mediante la fábula de Hector Fernández deviene
en un horizonte más de nuestra experiencia, un horizonte alcanzable y
verificable, no en una ignota e irremediable pieza museable, el amor de
Tahir, el ruido de las lanzas en la batalla, y el culto al padre que profesa
el guerrero, devienen en certezas de realidades que nos pertenecen, que
podemos ir haciendo nuestras, colocadas más acá de las vanas cronologías,
de los insulsos dones de las enbciclopedias del saber marchito y asesino de
las tablas er uditas de un conocimiento que siempre nos ha impedido la
verdadera participacion con la belleza insospechada de la cultura.
Esa es en fin la lectura distinta (no la unica) que podemos brindar de
“El guerrero Uteh en el Reino de Ramses II”, una lectura que amenaza
con transcender el orbe de las decimononias que nos infestan, pero que
incluso desborda el dulce y mefistico placer de la posmodernidad, hacia un
terreno donde todo es posible porque el hombre, el amor y la imaginacion
son posibles, tanto como los nos narra esta bella historia que el lector tiene
ahora en sus manos.
Julio Agustín Pino.














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