Copyright © 2012 by Hector Fernandez.
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ISBN:
Softcover 978-1-4771-5230-0
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......................................................................................7
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Estimado Lector:
.....................................................................................9
|
Tema central de la Obra
........................................................................11
|
I.
............................................................13
|
II.
............................................................17
|
.............................................................................23
|
IV.
...........................................................................27
|
V.
..................................................31
|
La llegada del Toro de Suteh
|
VI.
...........................................................34
|
VII.
.............................................................37
|
VIII.
.................................................39
|
Las advertencias de Ahmosés
|
IX.
..........................................................41
|
X.
..........................................................................43
|
XI.
......................................................................47
|
XII.
............................................................................50
|
XIII.
...........................................................................53
|
XIV.
...........................................................................56
|
............................................................58
|
XVI.
..........................................................62
|
XVII.
.............................................................66
|
XVIII.
..........................................................69
|
................................................................71
|
XX.
...............................................................73
|
XXI. .............................................................75
|
XXII.
.............................................................................77
|
XXIII.
.................................................................79
|
XXIV.
.......................................................................81
|
XXV.
........................................................................83
|
XXVI.
.....................................................85
|
En la prisión de los hititas
|
Una mala jugada del destino
|
..................................................87
|
XXVIII.
......................................................................89
|
XXIX.
........................................91
|
El Banquete de los Recién llegados
|
....................................................................94
|
.......................................................................96
|
XXXII.
..................................................................98
|
XXXIII.
..............................................100
|
Un pueblo cercano a Hattusa
|
XXXIV.
...................................................................102
|
XXXV.
................................................104
|
AhmOsés mata a un egipcio
|
XXXVI.
....................................................................106
|
XXXVII.
...........................................................108
|
XXXVIII.
.....................................................110
|
El templo de las Esfinges
|
XXXIX.
...............................................................112
|
Datos Bibliográficos
............................................................................115
|
E p i l o g o
.........................................................................................117
A finales del Reinado de Seti I las viejas contiendas
contra el Libano y
|
Asiria habian quedado abandonadas en polvorientos
rollos. La casa Real
|
en su maximo explendor escogia a uno de sus favoritos
el cuarto hijo de
|
Seti, quien subiria al trono con esperanzas de poner
el nombre de su padre
|
en alto glorificando asi su nombre y el de Egipto, Las
castas militares que
|
otrora dedicabanse a faenas sedentarias preparaban a
sus hijos para tiempos
|
malos. He ahi que el nuevo Faraon hace un llamado a su
pueblo y a las
|
huestes aliadas del Mediterraneo, entre los veteranos
corre la voz y Uteh un
|
joven é inexperto guerrero decide acudir al llamado.
|
DERECHOS RESERVADOS POR LA LIBRERIA DEL CONGRESO
|
EN WASHINGTON DC RGT. No TXU-698-753
|
El Dios sol surgió entre las virgenes aguas del Nilo é
ilumino los húmedos
|
juncos, entonces se escuchó un chasquido en la margen
opuesta del río
|
sagrado; era un enorme saurio, que perezoso, se
sumergía dejando tras
|
de sí una estela de burbujas. Mientras pájaros de
extraños colores alzaban
|
el vuelo, emitiendo agudos chillidos, describiendo
círculos en el aire, y
|
desapareciendo después en el horizonte.
|
A golpe de remos, una embarcación de tosca
ensambladura avanzaba
|
hacia la ciudad de Jetuaret también conocida con el
nombre de la Acrópolis
|
de Tebas. En el timón un hombre de aproximadamente
veintitrés años,
|
de aspecto formidable y poderoso, anchos hombros,
músculos que se
|
dibujaban en su tez trigueña . . . En su mirada había
el regocijo de quién se
|
aproxima a un lugar mucho tiempo deseado. Por eso
cuando la visión de la
|
ciudad se hizo más nítida, sus ojos brillaron de
alegría. Estaba llegando a la
|
espléndida Dióspolis, ciudad sagrada de los dioses
egipcios y desde donde
|
partían miles de aguerridos aurígas en busca de
conquistas, más allá del
|
Uteh, pues este era su nombre, arqueó la cabeza y
empuñó con mayor
|
vigor los remos. El recuerdo de la guerra atenazó a su
joven corazón con
|
la visión de las arenas teñidas de rojo y la
contemplación de los cadáveres.
|
Su padre había muerto en combate, luchando contra las
tribus tehenas y
|
él hubiera querido estar allí para acariciar su rostro
ya sin vida y correr su
|
La pequeña barca hendió un espeso ramal de hojas de
papiro, y Uteh
|
saltó a la orilla no sin antes coger la cesta donde
llevaba las provisiones del
|
viaje: pescado ahumado, vino, y pan. Tomó también la
espada, el arco, y el
|
carcaj lleno de flechas de puntas afiladas. Arrimó la
embarcación y echó a
|
andar por el camino arenoso bordeado de palmeras y de
bellos cocoteros.
|
Las puertas de la ciudad estaban frente a él. Dos
jóvenes egipcias se
|
dirigían en esos momentos hacia el río, vestidas con
unas túnicas que casi
|
rozaban el suelo, las finas curvas del cuerpo de las
muchachas resaltaban al
|
Uteh siempre había admirado a las hijas del Nilo,
especialmente le
|
llamaba la atención en ellas su carácter tímido que
contrastaba con la
|
vitalidad y energía que sin embargo poseían. Desde muy
temprano las
|
mujeres de esa tierra recibían todo el peso de una
tradición milenaria, que
|
las conducía a respetar y a obedecer al hombre con que
se desposaran. Las
|
jóvenes traían unos bulto de ropas dentro de una cesta
de mimbre encima
|
de sus cabezas, y a pesar del ondulante contoneo de
sus caderas, estos se
|
sostenían firmes sin riesgo de caerse. Iban al río a
lavar, repitiendo así la
|
costumbre ancestral de sus madres y abuelas.
|
La ciudad lo recibió con su alboroto acostumbrado. Los
chicos corrían
|
descalzos vociferando a voz en cuello. Y uno de ellos
le gritaba en son
|
de mofa a un gentil adolescente que por sus atavíos y
maneras elegantes,
|
denotaba per tenecer a la casta noble, asi el niño
harapiento ensayaba su
|
peculiar ajuste de cuentas.
|
Las casas egipcias, que eran en su mayoría de baja
altura, construidas
|
con ladrillos de barro, y no tenían ventanas ni
aberturas para la ventilación.
|
Tan sólo poseían una entrada, cubierta por una tenue
tela para protegerla de
|
la mirada de curiosos. Uteh vio un hombre delgado y
vestido con desaliño
|
que hablaba en voz alta y se quejaba de su miseria. Se
trataba, comprendió
|
el joven, de un paria que en opinión de los egipcios
estaba poseído por los
|
espíritus malignos, por lo que lo repudiaban.
|
Al llegar al umbral de un antiguo taller de alfarería,
Uteh se sentó a
|
comer el pan y a tomar el vino que llevaba en la
cesta. El viejo alfarero, de
|
facciones duras y mirar inquieto, lo saludó mientras
se quitaba con el dorso
|
de la mano el sudor que le corría por la frente. El
anciano vestía una tela a
|
modo de delantal, que le protegía el pecho del sucio
barro.
|
—Que Ra ilumine tu camino.—dijo el alfarero.
|
—Ra y Amón estén también contigo—respondió Uteh.
|
Inclinándose sobre el horno el alfarero pareció
continuar su labor, pero
|
curioso, pregunto enseguida:
|
—¿Andas en busca de trabajo y cobija? ¡Para esas cosas
estos son tiempos
|
despertando la admiración de los presentes, y empezó a
golpear con
|
inusitada furia, fuerza y habilidad, el escudo de su
súbdito. Este esquivaba
|
el ataque una y otra vez, hasta que de pronto el obeso
espadachín levantó
|
la espada y con una singular maniobra de la muñeca, le
asestó un golpe al
|
soldado que le hizo tambalear y caer al suelo.
|
—¡Si hubiera sido en un combate real te habría
aplastado!—exclamó
|
entre jubilosas carcajadas el jefe. Luego, con la
misma amplia sonrisa y aire
|
de satisfacción se dirigió al herrero:
|
—¡Buen trabajo el tuyo! Me has fabricado una espada
excelente.
|
El herrero con un brillo inteligente en la mirada, le
respondió:
|
—Una gran espada para un gran guerrero.
|
El gordo entonces le gritó al soldado:
|
Uteh decidió en ese instante acercarse al jefe
chardano, pues su singular
|
manera de vencer a su contrincante, el inusual golpe
que había asestado le
|
recordó una historia que le contara hacia muchas lunas
y soles su padre.
|
—¡Amón te protega en la batalla! Soy hijo de guerrero
y busco al
|
arquero Sahir, gran señor. ¿Lo conoces?—dijo Uteh
esperando la respuesta
|
—¿Quién eres tú?—replicó el jefe mirando a Uteh con
detenimiento.
|
—Soy hijo del valeroso Ursil, que cayó peleando en las
alturas del Sinaí.
|
—¡Ah, ya comenzaba a decirme yo!. Hay algo en la
fuerza de tu mirada
|
y en la vibración de tu voz, que solamente puede
recordarme a un guerrero
|
de la bravura de tu buen padre.—Admitió con asombro el
jefe.—¿Ves esta
|
cicatriz en mi frente? Me la hizo un beduino con la
punta de su lanza, y tu
|
padre, que peleaba junto a mí, luchó con furia y valor
hasta salvarme de la
|
muerte. El fue un gran amigo mío, por eso lamenté su
caída en las alturas
|
del Sinaí. Pero bien, estás aquí. Supongo que has venido
de muy lejos.
|
Sígueme. Esta noche serás mi huésped preferido.
|
Uno de ellos era enorme, de brazos fornidos, con la
piel rapada de su cuero
|
El historiador griego Herodoto escribió “Egipto es un
don del Nilo”,
|
quizás toda la nostalgia que hoy sentimos por los
reynos ancestrales, sean
|
No existe un pueblo que nos evoque tanta nostalgia
sobre la Tierra
|
como Egipto, una nostalgia más vieja que la de Sión,
pues los días de Israel
|
Así, en la figura geométrica de la pirámide, en
conocimientos matemáticos
|
que los griegos y la Escuela Pitagórica heredarían, en
el teorema que señala
|
el radio de la circunferencia (Pi), la indescifrable
cuadratura del círculo, los
|
egipcios construirían en esas enormes moles de piedra
levantadas e invictas
|
ante el tiempo, la exacta medida del tiempo del
Universo, o por lo menos
|
de nuestro Sistema Solar. El Gran Eje de la Pirámide
medía exactamente la
|
Posición de Los Equinoccios, la entrada del punto
Vernal en el solsticio de
|
Primavera el 21 de Abril, que cifraba el paso de las
constelaciones por las
|
Doce Casas de los Dioses del Deba.
|
Indudablemente que Egipto es el monumento del tiempo
cósmico, y
|
que sus gentes tenían la cifra tantas veces perdida
del Universo. Eso también
|
quizás puede explicar nuestra irremediable nostalgia.
|
La Cifra del Universo, la medida del codo sagrado con
que los esclavos
|
hebreos construirían las pirámides y que el pueblo
semita trasladaría siglos
|
más tarde a la ejecución del Templo de Salomón en
Jerusalén y el uso de los
|
espacios arquitectónicos como réplica del tiempo y el
espacio del Universo
|
mismo. Lugares de máximas sacralizaciones donde el
hombre egipcio,
|
semita, ario, chino, dialogaba con las visibles
divinidades a través de rituales
|
De esta manera, en esa línea que va de las pirámides
al templo de
|
Salomón, los Caballeros Templarios recogerían el saber
perdido de Egipto
|
y lo trasladarían a las construcciones de la
catedrales en Europa en la Alta
|
Edad Media, establecida sobre los arcanos
asentamientos de la cultura celta
|
en esa región. Puede decirse, si mantenemos esta línea
discursiva, que el
|
Misterio del Santo Grial, sobre el cual girara todo el
romance y la juglaresca
|
de la Europa a partir del siglo XI de n. e. comienza
en Egipto en los Mitos
|
de la Resurrección de Osiris.
|
Los egipcios no tenían la experiencia de la muerte, su
arcano saber
|
desconocía de ese atroz aniquilamiento de la vida, el
hombre del Nilo no
|
moría, simplemente emprendía viaje por el Valle del
Deba, en el cual los
|
familiares y amigos que quedaban detrás estaban
obligados a velar por él con
|
conjuros y ceremoniales mágicos. No había diferencias
entre los hombres y
|
los dioses, el ciclo del hombre era idéntico al ciclo
del dios.
|
Y es en ese exacto retablo mítico e histórico que el
nobel escritor e
|
historiador Héctor Fernádez (Cuba y 1965), coloca los
trabajos del joven
|
Guerrero Uteh, en tiempos de la Casa Ramsés, Casa
egipcia de la cual nacería
|
Ahmosés que algunos polémicos autores viculan o
incluso identifican con
|
La historia de Uteh se encuentra en el marco de la
campaña egipcia
|
lidereada por el Faraón Ramsés II contra los hititas
que concluyera en una
|
tregua de paz, tal como lo recogen los anales
históricos, es la historia de un
|
joven descendiente de una estirpe legendaria (el bravo
Ursil) que arde por
|
entrar en la batalla, para ser fiel a sus orígenes de
sangre y al alto ejemplo
|
paterno. Pero es también la novela un cuento de amor
por la dulce Tahir
|
que aguarda a Uteh como esa tarea milenaria de las
mujeres en tiempos de
|
guerras: esperar el regreso de sus hombres.
|
Desde los tiempos de Alejandro Dumas la novela de
re-creación
|
histórica a tenido sus fieles y sus detractores. Es
decir el hecho de colocar
|
en un espacio profundamente marcado por las
cronologías y los inventarios
|
enciclopédicos, una trama de ficción que se mueve
paralelamente a la de los
|
personajes históricos, otras que se entrelazan con
ellas, incluyendo el papel
|
del protagonista en el propio acontecimiento de la
historia, a molestado
|
a algunos er uditos apegados al dato, al uso extensivo
de los volúmenes
|
Pero afortunadamente ya hoy en día no se puede seguir
hablando de un
|
sentido exacto de objetividad histórica, sólo los
comentarios nos quedan,
|
comentarios, referencias, y comentario de comentarios
de comentarios, ya
|
no existe un eje inmóvil y a-temporal desde el cual
juzgar y comprobar
|
los hechos situados en su secular acontecer,
encajonado simétricamente en
|
el tiempo de la historia. En verdad, la historia es
una de las más jóvenes
|
instituciones de los hombres, aparecida en el siglo
XIX y que teniendo
|
como base el enciclopedismo del siglo anterior y los
usos taxonómicos con
|
los cuales se clasificaba e inventariaba el
conocimiento, nace a partir de
|
Ricardo y la Escuela de Economía Inglesa hasta llegar
a Marx, la biología
|
evolutiva tal como la fundara Darwin y Lamark, y la
filología con sus
|
consecuentes estudios comparados del lenguaje, desde
sus proto-origenes
|
O sea, las disciplinas históricas surgen como
categorías de definición
|
del tiempo de la cultura con el alborear la Edad
Moderna y la disolución
|
de los siglos clásicos que habían comenzado en el
XVII. Es por tanto una
|
categoría así mismo surgida en un preciso tiempo histórico
y también por
|
tanto sometida al cambio y a la evolución. La idea que
hoy podemos tener
|
de ella con la aparición en el horizonte especular del
pensamiento de nuevos
|
saberes (físicos, matemáticos, biológicos,
antropológicos, lingüísticos, y
|
filosóficos), no puede, desde luego, seguir siendo el
mismo. La idea de
|
certeza histórica y del propio conocimiento con
relación a su objeto ya se ha
|
desvanecido, por lo que las posibilidades de una nueva
era de redefinición
|
histórica, dentro de un nuevo marco institucional son
ahora más necesarias
|
El libro de Fernández juega con el acontecimiento sin
trasgredirlo, aunque
|
pudiera suponerse o brindarse la tesis alternativa de
que los acontecimientos
|
narrados en la novela, pueden dejar de ser
considerados simples materias de
|
ficción para ser, en cambio, incorporados a una
ampliación del campo de
|
sucesos en que se movió el Faraón Ramsés II, y la
figura ficticia e imaginaria
|
de Uteh puede también llegar a tomar visos de una
realidad donde el
|
comentario, la exégesis, se interpolan en un
ordenamiento mayor, en el seno
|
de las realidades culturales y lingüísticas de los
pueblos y sus civilizaciones.
|
El cubano José Lezama Lima intentó la vasta empresa de
un Sistema
|
Poético del Universo, es decir, en el terreno de la
historia eso alcanzó la
|
semblanza de lo que él mismo llamara “Las Eras
Imaginarias”, precisamente
|
les dedicó un capítulo a aparte a los egipcios. Y es
dentro del preciso marco
|
de esa nueva posibilidad del conocimiento donde la
fábula, y la imaginación
|
misma, pueden devenir en instr umentos (Métodos) de
acercamiento, y de
|
Acercamientos que propondrían en primer lugar el
olvido de las
|
referencias o citas fijas de la historia, las cuales
se intercambiarían por la
|
posibilidad mutante de lo imaginario y de lo ficticio,
de lo hasta ahora
|
considerado definitivamente ilusorio. Aparecería desde
allí el concepto
|
difuminador de la historia como juego, como arte y
hermenéutica
|
puramente fabulativa, que nos haría reiniciar un viaje
distinto y más pleno
|
de redescubrimiento de la problemática (hasta ahora
insoluble), de la
|
De esta manera, en verdad el Guerrero Uteh existió y
fue el Jefe de la
|
Guardia Imperial de Ramsés II. y fue amado por Tahir
que lo aguardaba
|
en Tebas, y difíciles fueron sus trabajos, desde el
asalto a la fortaleza de
|
Celesiria, al rigor del Laberinto donde perdieran la
vida el viejo arquero
|
Sahir y el experimentado soldado y jefe militar Eluc.
|
El futuro funda el pasado, el pasado redefine el
presente, y nuestra
|
posibilidad futura (nuestra única latente o real
futuridad), es esa. Todo se
|
reconstruye, la fábula, la literatura, son el Organom
desde el cual podemos
|
participar de la cultura y hacer verificable y
alcanzable la contemporaneidad
|
El Antiguo Egipto mediante la fábula de Hector
Fernández deviene
|
en un horizonte más de nuestra experiencia, un
horizonte alcanzable y
|
verificable, no en una ignota e irremediable pieza
museable, el amor de
|
Tahir, el ruido de las lanzas en la batalla, y el
culto al padre que profesa
|
el guerrero, devienen en certezas de realidades que
nos pertenecen, que
|
podemos ir haciendo nuestras, colocadas más acá de las
vanas cronologías,
|
de los insulsos dones de las enbciclopedias del saber
marchito y asesino de
|
las tablas er uditas de un conocimiento que siempre
nos ha impedido la
|
verdadera participacion con la belleza insospechada de
la cultura.
|
Esa es en fin la lectura distinta (no la unica) que
podemos brindar de
|
“El guerrero Uteh en el Reino de Ramses II”, una
lectura que amenaza
|
con transcender el orbe de las decimononias que nos
infestan, pero que
|
incluso desborda el dulce y mefistico placer de la
posmodernidad, hacia un
|
terreno donde todo es posible porque el hombre, el
amor y la imaginacion
|
son posibles, tanto como los nos narra esta bella
historia que el lector tiene
|
|
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