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Respuesta a una critica academica

Reflexiones sobre la historia militar antigua y la novela histórica 

Conviene indicar desde el principio que estas páginas no tratarán de explicar cómo se narra o cómo se debe narrar una batalla antigua en una novela, cuáles son los «trucos» y «recetas» del oficio, así como los peligros y trampas a evitar. Todo ello lo ha hecho ya de manera excelente Javier Negrete, quien aúna las facetas de filólogo, historiador y excelente novelista, tanto en estudios ya publicados (2009) como en el trabajo incluido en esta obra.
NOVELAS Y SUS TENDENCIAS EN HISTORIA MILITAR ANTIGUA Y NOVELA HISTÓRICA DE TEMA MILITAR
Un fenómeno visible en las tres últimas décadas, tanto en el ámbito de la Historia Militar Antigua como en el de la novela histórica ambientada en la Antigüedad y con temática esencialmente militar, es la tendencia a presentar una visión de las batallas distinta de la tradicional.
Frente a la visión omnisciente del general, hay en la literatura una tendencia a combinar esa perspectiva (necesaria si el lector ha de tener una comprensión global de lo que ocurre) con la del combatiente en primera línea, sin ocultar el horror del combate con arma blanca, un horror que, por otro lado, está presente sin tapujos en la propia literatura antigua, como la misrna ¡Nada, que respondía a las expectativas de oyentes que habían experimentado en primera persona el combate. Si comparamos excelentes novelas de tema básicamente militar del período de entreguerras como Counl Belisario de Robert Graves ( 1938) o hasta del final de la década del sesenta del siglo xx, como Gobernador imperial de George Shipway (publicada en 1968 y traducida al español en 2010) o Eagle in the Snow (Breem,
1 Trabajo realizado en el marco del Proyecto de  (Resistencia y asimilación a la conquista romana») . Novela histórica e historia military.
Con la mayoría de las novelas de los años noventa en adelante, especialmente las mundialmente famosas de Pressfield como Puertas de fuego (1999) y Vientos de guerra (2001), o la feroz La campaña afgana (2007), observaremos una notable diferencia.
En los libros anteriores a los noventa, la perspectiva suele ser la del general, el tono sobrio, con una visión casi de «estado mayor» destinada a poner en situación al lector y explicarle las maniobras de las batallas, siguiendo lo descrito por las fuentes clásicas. Un caso evidente es la temprana Count Belisar-ius de Robert Graves (1938), quien, quizá por haber tenido personal, directa y dolorosísima experiencia de la batalla en la Primera Guerra Mundial (Graves, 1929), escogió narrar sus batallas casi como si fueran un informe oficial al War Office.
La más reciente Gobernador imperial sigue en esta línea, pero comienza a introducir toques sangrientos deliberadamente destinados a impresionar al lector y que no se extraen de las fuentes literarias, como en el episodio en que los britanos se presentan en la batalla portando, clavadas sobre las moharras de estandartes romanos capturados, las cabezas de sus signiferi:
«[ ... ] un ruido aterrador se desencadenó en nuestras filas: vergüenza y horror expresados en un profundo gemido, y rabia, que convirtió el gemido en un rugido creciente, una ira enorme cuyo sonido obligó a los falsos legionarios a buscar refugio en sus propias líneas [ ...] Yo, que había observado el incidente en silencio, di las gracias a los dioses y a Boudica. Nos había proporcionado el último insulto, la gota que colmaba el vaso y que hizo que los soldados cruzaran el limite de la cordura. Nada, absolutamente nada, podría detener ya a aquella legión» (Shipway, 2010: 358)
Pero desde los noventa se aprecia un creciente énfasis en la perspectiva del combatiente individual y un notable realismo en las descripciones sangrientas más explícitas:
«Lo único que quedaba era la tierra, el polvo revuelto que parecía esperar las entrañas de los hombres al derramarse, sus huesos destrozados, su sangre, su vida. La tierra cubría a los guerreros. Estaba en sus orejas y en las ventanas de su nariz, en sus ojos y garganta, bajo sus uñas y en el pliegue de la espalda. Cubría el sudor y la sal del pelo; aparecía en sus escupitajos y en las secreciones de la nariz [ ...]. Vi a un escudero de los filianos , que no era más que un muchacho, coger la annadura de su amo y penetrar con ella en la matanza. Antes de que el enemigo pudiera hacer un  gesto de su javalaina asesto de un  solo golpe  le destrozó la barbilla al atravesarle el hueso,) (Pressfield, 1999: 314 y 315).
Es probable que el éxito de esta última novela, basada en la enormemente mitificada batalla de las Termópilas, se debiera al terna tratado, pero no cabe duda de que el novedoso tratamiento impulsó su impacto mundial (Sánchez, 2010).
En buena parte, esta tendencia realista de la narración novelística nace de la publicación en 1976 de un libro académico, The Face 01 Ballle, obra de John Keegan, historiador militar y profesor en la Academia de Sandhurst. Su mayor aportación fue narrar y tratar de explicar la batalla desde la perspectiva a ras de suelo del combatiente individual, sobre todo de rango bajo, analizando los espacios y tiempos desde una perspectiva personal, al poner el énfasis en la experiencia directa física y psicológica del combatiente en tiempo de combate. Este nuevo enfoque busca, pues, no solo la descripción de las circunstancias de la batalla, sino explicar desde una nueva óptica su desarrollo mismo y su desenlace, para lo cual pone énfasis en magnitudes físicas ineludibles (el espacio, los tiempos, las capacidades físicas de las armas, el tiempo atmosférico concreto, etcétera), magnitudes que tantas veces se pierden desde el tradicional análisis desde el punto de vista elevado del oficial de Estado Mayor.
Aunque Keegan no utilizó ejemplos tornados del mundo antiguo (su batalla más antigua fue Agincourt, en 1415, mucho mejor documentada que cualquier otra de la Antigüedad), otros historiadores tornaron el testigo para aplkar la metodología al mundo griego (por ejemplo Hanson, 1989) o el romano (por ejemplo Goldsworthy, 1996). El enfoque ha tenido un gran éxito y se ha extendido en la metodología hi~tórica (por ejemplo Sabin, 2000; Zhmodikov, 2000), aunque no esté exento de críticos.
El crítico más acerbo, hasta el punto de rozar la descalificación personal, es
  1. L. Wheeler (1998 y 2001). Ataca lo que denomina <La escuela Keegan-Hanson» (1998: 647), dentro de su desca!if¡cación global del trabajo de Goldsworthy (1996). Sin embargo, en su labor demoledora de todo lo propuesto por este último autor, Wheeler no consigue ofrecer una visión constructiva alternativa. AJgunos autores anteriores a la eclosión de los años noventa y muy apegados, como el propio \Vheeler, a un estricto análisis erudito de las fuentes, veían productivo el enfoque: «Keegan's comrnent on Agincourt is perceptive and also relevant to Roman battles» (Oakley, 1985: 393). En conjunto, se va asentando una visión más ponderada de la «escuela Keegan-Hanson» de estudio de la batalla antigua desde el punto de vista del combatiente, corno la que recientemente adopta por ejemplo Cadiou (2008: 14).
Con todo, los trabajos académicos sobre el «rostro de la batalla» en Roma, corno el citado de Goldsworthy (1996), distan de tener la inmediatez de los realizados para el mundo griego. Y eso ocurre porque, aunque pueda parecer paradójico, sabemos mucho menos sobre cómo vivieron los romanos la experiencia directa de la batalla en comparación con los antiguos griegos. Sus relieves históricos, como la columna de Trajano o la de Marco Aurelio, pueden narrar de manera detallada, aunque estereotipada, toda una serie de campañas militares, conmemorando las victorias, por ejemplo sobre los dacios, de una manera que no puede hacer el Partenón, que canta la victoria sobre el persa. Pero cuando llegamos a la experiencia, a la vivencia directa y personal, esa misma columna trajana se revela fría e incluso inerte; incluso textos terribles, como el de Tácito referente a las campañas de castigo de Germánico tras la derrota de Teutoburgo, resultan algo alejados:
« El César [Germánico (14-1 5 d. C.) ] dispuso sus ávidas legiones en cuatro cuñas, para que la devastación fuera más amplia; saquea un territorio de cincuenta millas a sangre y fuego. Ni el sexo ni la edad fueron motivo de compasión; tanto las edificaciones civiles como las sagradas, e incluso el templo más frecuentado ente aquellas gentes, llamado de Tanfana, quedaron arrasadas» (Tácito, Anales 1.51, trad. de J. Moralejo).
La evidencia arqueológica, más inmediata y directa, puede cambiar esta percepción radicalmente y proporcionar al novelista datos de una crueldad que posiblemente no se hubiera atrevido a proponer so pena de ser acusado de búsqueda de morbo, caso de los restos humanos mutilados de La Almoina de Valencia (75 a. C.) (Alapont, Calvo y Ribera, 2010).
Algo parecido ocurre con la literatura: la Eneida en nada es comparable para este fin a la Ilíada, obra que incluso ha permitido tratamientos interesantes de tipo comparativo sobre la psicología del combatiente (por ejemplo Shay, 1994). Pero, sobre todo, los prolíficos autores helenos de los siglos v y IV a. C. (desde Tucídides
o Jenofonte, que fueron ambos generales, hasta Esquilo o Aristófanes, pasando por otra amplia gama de autores) nos han dejado muchísimas más impresiones y testimonios de primera mano, y mucho más vívidas, que los autores romanos contemporáneos de la República, o incluso que los del ejército profesional del Imperio, los cuales, en comparación con los locuaces griegos, resultan casi ágrafos o secos, pese a las anécdot.as que un Tácito nos puede contar. Otras fuentes como la paleografía o la epigrafía, aunque útiles, resultan mudas para el análisis del «rostro de la batalla». Con todo, en conjunto hay mucha más novela sobre el mundo romano, aunque no necesariamente de tema básicamente militar, y cargada de una fuerte utilización ideológica (en último lugar Cascón, 2014, aunque no entre en temas militares, subgénero de novela que creemos tiene su púbUco específico).
Volviendo a la novela, junto a Pressfield , otros muchos autores se integran en esta línea, en especial en el campo de la novela gráfi ca como 300 de Frank Miller (2000), aunque la mayoría combina la visión del general con la del combatiente, suavizando el caos del combate para permitir la comprensión del lector, al tiempo que le presentan la muerte y la mutilación con realismo. Es, por ejemplo, el enfoque más frecuente de Javier Negrete, en Alejand¡'o Magno y las ág'Uilas de Roma (2007) o en Salamina (2008). Otros autores de gran éxito, sin embargo, como Santiago Posteguillo, son mucho más sobrios en sus descripciones y tienden a ceñirse a las fuentes clásicas y a una visión táctica general desde el punto de vista del escritor omnisciente, aunque describiendo las distintas acciones en diferentes s 'ctores del campo ele batalla, casi como si de un documental se tratase, dando entonces la voz a personajes individuales (por ejemplo, Posteguillo 2006 y 2008). Todas ellas son, por supuesto, opciones válidas y no afectan a la calidad -o ausencia de  la literatura. Lo que sí es cierto es que la narración explícita, de un realismo sin duda saludable para mentes que no conciben el horror esencial de la batalla, puede rozar en algunos casos, y sobre todo en ciertas novelas gráficas, la pornografía de la violencia.
Una categoría particular es la de historiadores profesionales que se pasan, normalmente a tiempo parcial, a la novela histórica, con mayor o menor fortuna (a menudo lo último, precisamente porque el entrenamiento del historiador le lleva a un didactismo, excesos descrípticos e introducción de matices que suelen estar reilidos con la fluidez de la narración). Pero entre quienes superan estas cargas hay casos excelentes, como el de Adrian Goldsworthy, quien ha pasado a ser esa rara especie.
  • Esta  especie de académico profesional convertido en escritor profesional de libros didacticos, académicos e históricos de bastante éxito, con una serie dedicada a la Peninsular War, a la Guerra de la Independencia en España, novelas en las que aplica sin duda no solo sus amplios conocimientos sobre las guerras napoleómcas (su hobby confeso), sino su formación como historiador militar. Goldsworha publicado sucesivamente Tr'Ue Soldier Gentlemen (2011a), traducida al espanol Safely backAgain (2012) ;All in Scarlel Uniform (2013a), y Run them .\ "01'(' (2014). Una formación en classics no puede menos que hacerse evidente uando, por ejemplo, un asediado oficial polaco al servicio de Napoleón responde con un escueto «Ven y tómalo», como respuesta a la orden de rendir su fuerte Golclsworthy 2014: 168; ver Plutarco sobre las Termópilas, Máxinw.s de Esparc l/lOS . 51.11). Un capitán culto de ese período -principios del siglo XIX-a menudo
"Sin duda conocía la obra de Plutarco, incluso en versión original, cosa que no puede decirse hoy en día ni siquiera de los licenciados universitarios. Igualmente, resulta comica la manera en que un sacerdote español comunica en latín a un oficial  la presencia cercana de caballería francesa: «equites cataphracti et lanciarii" (Goldsworthy, 2011a: 221). Son ejemplos en los que el novelistas se permiten aparecer en el texto de su novela sin tratar de resultar didáctico ni discursivo, al tiempo que hace un guiño al lector.
HISTORIA y LITERATURA: DOS ÁMBITOS DIFERENTES
Escribía Javier Marías hace unos años, con su habitual contundencia, sobre un fenómeno literario que se produce:
«l ... ] entre gente no demasiado ilustrada pero abundante, y no necesariamente febril en todos los aspectos, algo para mi insólito y de una gravedad extrema, a saber: la confusión o indistinción entre lo ficticio y lo histórico. Ante la oportunista proliferación de novelas que fabulan insensatamente acerca de personajes que existieron -sean Leonardo,  Juana la Loca-, me encuentro con cada vez más personas, sobre todo jóvenes, que afirman leerlas porque "además así aprendo" y que creen a pies juntillas los disparates que la mayoría de esas obras de ficción les cuentan, o les cuelan. Es decir, están convencidos de que cualquier fabulación o fantasía son poco menos que documentos históricos, y se las creen con la misma fe que si fueran crónicas de historiadores. O bien ignoran lo que son las ficciones, y las toman por verdades expuestas de forma amena" (2005).
Con un tono provocativo en un contexto periodístico, Marías probablemente exagera al generalizar sobre «fabulaciones insensatas» y «disparates». La mayoría de los mejores novelistas «históricos» actuales se documentan, y mucho, antes de escribir, y en general evitan errores gruesos. Los mejores a menudo añaden incluso apéndices bibliográficos detallados (Vidal, 1983: 543; Posteguillo, 2006: 709-712 ; Negrete, 2008: 599-563) , o serios apéndices sobre las fuerzas enfrentadas en los ejércitos en liza (Shipway, 2010: 428-430) o los cónsules romanos (Posteguillo, 2006: 699).
Si el objetivo de estas bibliografías es animar a esos lectores que, animados por la ficción, puedan animarse a dar el salto y leer la historia que ha inspirado esa literatura, considero adecuados tales añadidos. Pero si son una forma de justificarse ante el lector, como indicando que el autor ha «hecho sus deberes» prevjos, creo que tales apéndices pueden llevar a profundizar en el error denunciado por Marías de que la novela rustórica es una forma de rustoria. No lo es, por muy bien documentada que esté: es literatura. Por eso causa cierta melancolía la notajustif¡cativa que Robert Graves insertó al comienzo de su Claudia el dios !J su esposa J\Ilesalina (1978: 8). En ella se defendía -innecesariarnente a mi juicio-de los críticos que le acusaban ele hacer poco más que parafrasear a Suetonio y a Tácito, y para ello recogía como marchamo de calielad, autenticidad y autoridad la gran variedad de fuentes que había empleado. Luego, el gran Gore Vidalle siguió explicitamente en una nota previa de Ju.liano el Apóstata (1983 9). Incluso hoy se mantiene esta forrna de justificación, cuando un escritor de enorme éxito como Santiago Posteguillo llega a escribir: «con el mismo fin de no ser acusado de limitarme a reescribir a Tito Livio o a PoLibio [...] o a cualquiera de los otros grandes historiadores de la antigua Roma, se incluye aquí esta sucinta bibliografía» (2006: 709).
A mi juicio, los escritores se documentan abundantemente, cada vez más y mejor, y hacen bien, para que su trama esté de acuerdo a lo que los historiadores plantean o las fuentes indican, y la ambientación esté exenta de anacronismos o errores. Pero no tienen por qué justificarse «enseñando sus cartas» documentales, como tampoco explican los trucos del oficio que emplean en el desarrollo de la trama, o el planteamiento de los puntos de vista de los personajes, o la forma de narrar una acción compleja, aunque puedan hacerlo en texto aparte si les place (Negrete, 2009).
En su introducción a La conquista de Alejandro, escribe Steven Pressfield:
«Lo que sigue es ficción , no historia. Las escenas y los personajes han sido inventados; se han tomado licencias. Se han puesto palabras en los labios las figuras históricas que son enteramente producto de la imaginación del autor. Aunque nada en este relato es infiel al espíritu de la vida de Alejandro tal como la entiendo [el subrayado es nuestro, volveremos enseguida sobre ello], he transpuesto ciertos acontecimientos históricos a favor del interés del tema» (2005: 11)3
Teniendo en cuenta que esto lo escribe uno de los autores más fieles y acercados en los detalles militares que centran su obra, la advertencia es digna de encomio y, de nuevo, quizá innecesaria, salvo que Javier Marías tenga toda la razón y sean muchos, demasiados, quienes buscan convertir la lectura de novela en una forma amena de aprender historia. Fenómeno que recuerda allamentabilísimo slogan publicitario «Aprenda Vd. inglés (o alemán, o chino) sin esfuerzo».
Sea cual fuere la técnica narrativa empleada por el autor de novelas -la visión del general, la del soldado o una mixta, con o sin uso del narrador omnisciente-, su discurso ha de tener necesariamente una característica que lo separa radicalmente de la narración del historiador, y que hace de la novela una obra literaria de ficción , y no historia. Se trata, claro está, de la eliminación de las incertidumbres.
Nos referirnos, en un primer nivel, a que incluso el novelista más propenso a mostrar «el rostro de la batalla,}, en la casi totalidad de los casos limita mucho la descripción del caos consustancial al combate, realidad caótica que ha llevado a muchos militares profesionales, y a novelistas con experiencia directa de combate, a negar la posibilidad de «narrar» la realidad de lo que ocurre en una batalla, como hizo Tolstoi en 1888 (Tolstoi, 1988; ver al respecto un análisis más detallado en Quesada, 2016, en prensa).
En un segundo nivel, el historiador tiene la obligación de exponer y analizar las múltiples incertidumbres y lagunas que plantean las fuentes sobre el desarrollo de las batallas (antiguas e incluso modernas), desde la ubicación misrna del campo de batalla, los efectivos, el propio desarrollo de los acontecimientos y mil detalles. En cambio, el novelista necesariamente ha de escoger en cada punto de su narración, y de acuerdo con su personal jUiClO o sus intereses literanos, una de entre las múltiples opciones posibles que las fuentes autorizan, o incluso fabular acontecimientos, plausibles pero no documentados, para llenar lagunas o explicar contradicciones. Es decir, el novelista ha de escoger y presentar una visión «real y factual» de entre las posibles, pero necesariamente fabulada aunque plausible del desarrollo de la batalla en cuestión En cambio, el buen historiador tiene la obligación de hacer saber al lector que no hay una «verdad», que no hay forma de saber qué pasó realmente, en qué orden y de qué manera, en un combate dado de la antigüedad, que las lagunas y ambigüedades y alternativas son casi siempre más numerosas y agobiantes que los datos que podemos dar por seguros (Quesada, 2016, en prensa). Y esto nos lleva a otra cuestión, la tendencia a considerar las novelas históricas como una suerte de sucedáneo de la «árida historia de los manuales,} que ya hace tiempo que casi se ha extinguido.
LA TENTACIÓN DIDÁCTICA Y LA LITERALIDAD DE LAS FUENTES
Como historiador profesional, en una novela histórica espero una trama atractiva, personajes bien construidos y complejos, y una ambientación que demuestre que el autor se ha tomado en serio su trabajo de documentación. No espero «aprender historia». Ni quiero leer «Historia», sino «una historia». Lo que más temo como historiador es, porque suele ser signo de una mala novela, que, según paso páginas, vaya murmurando con hastío: «Políbio ... Lívio ... Apiano...». La habilidad del buen novelista es que tal cosa no ocurra, y por ello resulta doloroso tener que seguir leyendo justificaciones que debieran ser innecesarias si todo el mundo supiera, cuando lee una novela, que está leyendo una novela. Una variante, muy frecuent.e en una novela pero aún más en el cine, donde a veces parece asumirse la estupidez del espectador medio, es la tentación didáctica. En cuestiones militares, y en el cine, suele reflejarse en escenas en las que los generales proporcionan mediante reuniones «de estado mayor,) sobre mapas o maquetas que no existían en el período correspondiente, el encuadre general para que el público pueda seguir la lógica de la acción, eliminando de paso la «niebla de la guerra» que es en verdad  su rasgo más notable en la realidad. En la novela, la tentación didáctica adopta muchas formas, a veces menos evident.es pero sin duda más aburridas: desde una digresión larga y detallada para explicar todos los elementos de una fortificación griega, romana o medieval , que parece destinada a mostrar la sabiduría arqueológica del novelista, hasta la simple paráfrasis de un autor clásico para describir las armas de cada tipo de unidad en una batalla; el buen escritor consigue integrar estas explicaciones en la narración sin caer en estas enojosas digresiones. Solo hay algo peor: los anacronismos o errores de bulto resultado de una mala documentación o de un exceso de fe en la imaginería de la versión cinematográfica del SefWT de los ).. ni!los, cuyas batallas son un ejemplo de imposibles físicos y tácticos (incluso si nos olvidamos de los Nazgul y otros seres inhumanos). No podemos en este menos que recomendar la lectura del excelente y a la vez desopilante relato ( de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez, Dar de Comer al Sediento, en el que, en un futuro cercano, el corrector de estilo de un procesador de textos avanzado explica a un escritor  de novelas  las barbaridades militares que está cometiendo en su narración (Gallego y Sánchez, 1997: 247).
Conviene decir a todo lo dicho y esto es una nota relevante sobre este interesante e instructivo yo dira que ameno analizes sobre la novela Historica en la cual un academico nos dice que no le interesa saber de historia pero no explica que la novela  se sobreentiende va a las manos de un lector que en promedio minimo es un lector que sigue la historia de manera amena sin tecnicismos ni autores Romanos o Griegos que deberia resoplar llegado al segundo Capitulo ademas no busca conocimientos historicos pero si le gusta estar informado sobre la historia es decir no quiere ser un erudito pero tampoco un ignorante de la historia por otro lado  le interesa muchisimo entretenerse no creo este analizando capitulo por capitulo los detalles historicos con un lente academico y por ultimo creo que comenzando por Santiago Posteguillo a quien admiro mucho y pienso que es un maestro no solo en la diciplina historica si no  tambien en el manejo de como es contada la historia, para escribir una novela se precisa  algo muy importante uno la novela historica es un ente vivo tan vivo como lo puede ser un drama teatral donde los actores se toman bien en serio su papel haciendo creible la obra misma, segundo los grandes novelistas tuvieron y aun tienen el derecho a cometer errores me refiero a Emilio  Salgari publicada en 1905 en la cual el autor confunde fechas , Henry Sienkiewicz en Quo Vadis, y asi otros autores famosos clasicos que han tenido errores como cualquier  novelista los puede tener aunque digamos se haya preparado y sea lo suficientemente minucioso en su investigacion en base a su novela es decir toda su recopilacion de datos el llamado bademecun donde incerta todo una gama de conociemientos adquiridos  durante su investigacio, bien y llegados hasta este punto solo me resta decir como escritor que ciertamente no defiendo ni apoyo la crueldad verbal literaria solo la veo como un manejo comercial es decir competitivo cada autor se esfuerza con ser mas feroz que el otro para impresionar a un publico que ya para empezar esta impresionado.
Estimados Academicos y publico en general la novela a pasado por lo mas sublime de las grandes plumas del siglo XIX, XX y XXI autores que jamas se haya tenido el honor de conocer y hablo del famoso Austriaco Stephan Sweig en su maravillosa obra La reina Antonieta, alguien quien decia que la historia nos jusgaria de manera benevola o quien sabe si sarcastica, lo cierto es que junto a el hubieron grandes como el Italiano Gayardoni  Geza,  en su maginfica e impresionate obra Atila, en fin genios por asi decirlo  pues bien hasta estos genios tambien cometian errores y  tenian derecho pues eran humanos a pesar de su fantastica capacidad para dominar la literatura, Anton Chekhov,  Isaac Asimov, todos ellos grandes plumas el mismo Alejandro Dumas siendo entrevistado por un periodsita el cual le pregunta que por que gustandole tanto la novela historica no tuvo tiempo de estudiar en una prestigiosa Universidad este sin mucho miramiento le contesto y usted cree que hubiera tenido tiempo de haber escrito todas estas novelas.
Lo cual nos dice que el genio nace no se crea, y la practica hace al talento, sin caer en contradicciones  el genio va mas alla de la practica y es debido a que el genio es la manera superior del ser humano y cual es esa manera superior diran ustedes, en mi humilde opinion  es la mano de Dios o lo que yo llamo el ser superior dentro de nosotros esa chispa rara que describe muy bien la Capilla Cistina el aliento del arte, un aliento escondido diriamos el poder descrito en la palabra la magia de la literatura encarnada en el ser humano.

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